Navegando por el Archipiélago de las Anavilhanas, Río Negro, BRASIL

 Archipiélago de las Anavilhanas, Amazonas, BRASIL


Desde que el Río Amazonas nace en los Andes peruanos a pies del nevado Misni, hasta que desemboca en las costas brasileñas del estado de Pará junto a la ciudad de Belem, este vasto río ha recorrido cerca de 6.800 km. de camino y se han unido a él más de 1.000 ríos tributarios de los cuales 25 de ellos tienen más de 1.000 km. de longitud. El más importante de todos estos tributarios es el Río Negro, el río de aguas negras más largo y caudaloso del mundo con 2.250 km. La unión de estos dos colosos se produce frente a Manaus la capital del estado de Amazonas en Brasil, y da origen a un espectáculo natural digno de ver, el encontró das aguas. A lo largo de decenas de kilómetros las aguas de los dos ríos correrán juntas y sin mezclarse debido a las diferencia de temperatura, velocidad y densidad de sus aguas. Y es precisamente aquí, en este encuentro de aguas, donde empezará nuestro viaje en busca del Archipiélago de las Anavilhanas, el segundo mayor archipiélago fluvial del mundo.

Una de las cosas que primero llaman la atención al viajero en esta parte del mundo son los llamados bosques de várzea, unos bosques inundables que crecen en las llanuras de los llamados ríos de Aguas blancas como el Amazonas (ricos en minerales). Los igapós, por su parte, son los bosques que crecen en las llanuras inundables de los llamados ríos de Aguas negras como el Río Negro (ricos en materia orgánica). La gran fertilidad de los bosques de várzea provoca que haya un gran número de especies en sus aguas lo que hace que muchas de las personas que viven en este sin fín de palafitos sean pescadores dedicados a la captura del tambaquí, el tucunaré y el pirarucú entre otras. Navegar por el interior de estos bosques provoca de inmediato una extraña sensación, ya que es difícil imaginar que lo que a menudo parecen arbustos emergiendo del fondo del río, en realidad son las copas de los árboles que yerguen su tronco a más de 8 metros bajo el casco de la embarcación.

A menudo, entre los claros del bosque, es fácil encontrar grandes áreas repletas del mayor nenúfar de agua del mundo, el Victoria Regia. Sus grandes hojas circulares que pueden llegar a medir más de 1 metro de diámetro pueden llegar a soportar hasta 40 kilos de peso. Con un poco de suerte, si el paseo en lancha es por la noche, podremos disfrutar de la dulce fragancia de su flor, que se cerrará con los primeros rayos de sol hasta volver a caer la noche cuando abrirá de nuevo.

Una de las especies animales que más rápido nos vienen a la memoria al pronunciar la palabra Amazonas es la piraña. Si por algo se caracterizan las aguas de un bosque de várzea es precisamente por ello, por estar repletas de muchas especies de pirañas. A diferencia de lo que se suele creer, la piraña no anda vagando por en medio de los ríos en busca de personas –turistas especialmente– a los que atacar y devorar. Las pirañas tienen unos hábitats muy específicos en los que difícilmente uno estaría tentado en tomar un baño. Además, no todas las pirañas son del género agresivo, aunque no sirva de consuelo.

Dejando atrás los lagos y las turbias aguas del Río Amazonas, nuestro viaje continúa por el Río Negro en busca del Archipiélago de las Anavilhanas y sus más de 400 islas que se extienden como una enorme cadena serpenteante. Por el camino vemos Vila Paraíso, un antiguo seringal o cauchera reconstruido para ser el escenario de la película The Jungle (2002) y la población de Paricatuba que a finales del siglo XIX vio como entre las humildes casas de los locales se levantaba un Liceo de Artes y Oficios que con el tiempo acabaría siendo un leprosario. Ver las ruinas del antiguo edificio abrazado por las raíces de los enormes apuís, da conciencia de cómo la selva siempre recuperará lo que fue suyo.

A poco menos de dos horas de navegación desde Paricatuba se llega a Praia do Tupé, un bonito lugar que con el descenso de las aguas hacia el mes de agosto, deja ver una bonita playa de arena blanca resplandeciente. Cerca de allí se encuentra una pequeña comunidad de indios Desana llegados de la cuenca alta del río Vaupés, en Colombia. Llamados así mismos wirá porá (hijos del viento), esta comunidad lleva una vida a medio camino entre la tradición y el desarrollo. Toman del primer mundo aquello que les puede resultar útil pero sin olvidar en ningún momento sus costumbres ancestrales, como la conocida ayahuasca, una bebida nacida de la unión de dos vegetales —la fuerza y la luz en la tradición amazónica— y que los chamanes o pajés utilizan entre otras cosas para la curación, la adivinación y los viajes astrales.

Cerca de Praia do Tupé encontramos también la comunidad cabocla de Baixote, una tranquila población desde la que se puede realizar una primera inmersión en la selva acompañado siempre de algún caboclo, los mestizos del Amazonas. Desde la llegada de los primeros europeos en el siglo XVI, los indígenas se fueron mezclando con los colonos y con el resto de mestizos del país ―mamelucos, cafuzos o mulatos− hasta crear la actual raza dominante en la región. Pese a que los caboclos representan el 65% de la población amazónica, este término se utiliza sobre todo para referirse a los mestizos que viven en la selva alejados de los núcleos urbanos. Suelen ser pescadores que viven en la rivera de los ríos sin confort alguno ―en muchos casos sin electricidad siquiera− y que por su estilo de vida se encuentran más cerca de los pueblos indígenas que de los occidentales. Podríamos decir que el caboclo es un indígena que utiliza short de baño y escucha la radio mientras se desplaza en canoa y vive en armonía con su entorno.

La primera caminata por la selva amazónica siempre es especial, no habrá otra como esa. La imagen creada por nuestro inconsciente a lo largo de los años, con peligros siempre al acecho en forma de anacondas, tarántulas, escorpiones o jaguares, no dejará de asediarnos a cada paso que demos pese a que la realidad sea bien diferente. Poco, o más bien nada, tiene que ver con lo que nos encontraremos. Caminar por la selva es oír el crepitar de la hojarasca a nuestros pies, el canto de las aves refugiadas entre el follaje, es sentir el delicado perfume del Palo de Rosa o ver las copas de las samaúmas (ceibas) rozar el azul del cielo. La selva es silencio, y solo con silencio se puede intentar oír a la selva.

Y si la primera caminata es especial, la primera noche que uno pasa en ella al abrigo de las estrellas, tendido en una hamaca entre árbol y árbol, es algo indescriptible. Los sonidos durante la noche se vuelven más intensos, más nítidos. Se siente la presencia del jaguar y se oyen el rugir del puma y de los guaribas (monos aulladores). Tan solo la luz del fuego ardiendo durante toda la noche los mantendrá alejados de nosotros hasta que despunten las primeras luces de la mañana.

Desandando lo andado el día anterior agradecemos llegar a la comodidad del barco para continuar remontando el río en busca de una curiosidad bien oculta en la selva, la Cueva del indio Madadá, un grupo de cavernas sumergidas en la espesura de la selva, de las que dice la leyenda haber sido refugio para un puñado de indios Waimiri-Atroarí en su huida de los portugueses.

No muy lejos de las solitarias cavernas se encuentran las ruinas de lo que en su momento fue una próspera ciudad en medio de la floresta Airão. Conocida como Velho Airão, este pueblo fundado en 1694 fue la primera ciudad a orillas del Río Negro, más antigua incluso que la primera capital del estado de Amazonas, Barcelos. En la actualidad tan solo vive en Airão un caboclo hijo de emigrantes japoneses llegados el siglo pasado al estado de Pará junto con un perro, un gato y un par de guacamayos. Tan solo por charlar un rato con él y oír las explicaciones que da del lugar, ya vale la pena acercarse hasta allí porque no tiene precio.

Continuamos remontando el Río Negro y llegamos a Novo Airão. Con la decadencia del ciclo del caucho tras la 2ª Guerra Mundial, los habitantes de Airão comenzaron a abandonar la ciudad hasta que en el año 1985 quedó definitivamente deshabitada. Gran parte de la población se trasladó hasta una aldea cercana llamada Itapeaçu que pronto pasó a llamarse Novo Airão, y que muy pronto se convirtió en una próspera ciudad volcada en la construcción de barcos de madera tradicionales conocidos en toda la región. Fue gracias precisamente a los restos de las maderas nobles utilizadas en la construcción de los navíos, que nació uno de los proyectos de ayuda social más importantes de la región, la Fundación Almerinda Malaquías (FAM), una ONG brasileña sin fines de lucro que utiliza los restos de las maderas para realizar todo tipo de artesanías. Desde que en el año 1992 el Sr. Miguel Rocha da Silva y el suizo Jean-Daniel Vallotton se conocieran y empezaran a dar vida a este proyecto hasta nuestros días, el proyecto ha ido creciendo sin parar formando a multitud de jóvenes desempleados o en situación de exclusión social.

La siguiente parada en el camino en nuestro deambular por el Río Negro será el punto más lejano al que llegaremos desde que abandonamos la ciudad de Manaus, el Parque Nacional de Jaú. Pero para llegar a este impresionante parque con anterioridad hemos tenido que navegar frente a uno de los puntos considerados como zonas rojas del Río Negro. El territorio de los Waimiri-Atroarí. Este grupo étnico autodenominados Kinja e instalados en la margen izquierda del bajo Río Negro desde tiempos inmemoriales, se hicieron especialmente conocidos en el país debido a su bravura en la defensa de sus tierras, unas tierras expoliadas en los siglos XIX y XX con el beneplácito de los distintos gobiernos. Durante muchos años los Waimiri-Atroarí consiguieron ser una auténtica piedra en el zapato para gobernadores, comerciantes, ganaderos y sobretodo recolectores de las famosas drogas del sertão (hiervas aromáticas, plantas medicinales, cacao, canela, vainilla, clavo, nueces y guaraná entre otros productos, que se extraían del sertón brasileño y de la cuenca del Río Amazonas para venderlos a Europa), pero la represión a la que se vio sometido el pueblo Kinja resultó en la casi extinción total. Hoy en día los barcos que navegan frente a las tierras de los Waimirí-Atroarí, tienen absolutamente prohibido detenerse frente a ellas, desembarcar e incluso hacerle fotos. Los desencuentros entre estos indígenas, muy reacios al contacto con el mundo occidental e incluso a los propios caboclos, son conocidos en la región ya que no se andan con chiquitas.

Llegamos finalmente al Parque Nacional de Jaú, la mayor reserva selvática de Brasil y el mayor parque natural del mundo en selva tropical húmeda intacta. Con una superficie de casi 24 mil kilómetros cuadrados este parque cuenta con una biodiversidad de flora y fauna de una importancia superlativa. Gracias a los restos de cerámicas encontrados en el interior de muchas zonas del parque, es sabido que este fue uno de los primeros puntos de colonización de la región amazónica por parte de los indígenas. Cerca de la entrada del parque, junto a la boca del Río Jaú y tan solo cuando el nivel de las aguas ha descendido de manera excepcional, se puede ver una gran variedad de petroglifos tallados en las rocas que emergen del lecho del río. Una muestra más de la antigüedad de tales asentamientos.

El regreso a Manaus siempre se hace de manera más ligera ya que la corriente va a favor de la embarcación. Atrás vamos dejando pequeñas comunidades en las que el tiempo se detuvo hace mucho y otras que poco a poco se adaptan a los nuevos tiempos, sin prisa pero sin pausa, como la comunidad de indios Cambeba de Areiao, junto al Rio Cuieras.  La escuela comunitaria que poseen, es digna de una pequeña visita. Y mientras nos vamos acercando a la capital amazonenese, se disfruta cada segundo de los paseos en canoas al atardecer y de las fantásticas puestas de sol. Siempre eso sí, acompañados de los incansables y misteriosos botos, los delfines del río, unos animales que causan tanta admiración como respeto entre los locales pues no son pocas las leyendas que se esconden tras ellos. Según se cuenta, no hay mujer que haya quedado embarazada en “extrañas” circunstancias que no le pase la responsabilidad a estos graciosos animales.

DATOS DE INTERÉS:

 Cómo llegar: TAP tiene un vuelo diario desde Lisboa a Manaus via Belem.

Cuando ir: La mejor época para visitar la región es de junio a octubre coincidiendo con el verano europeo y la época de menos lluvias.

⇒ Contacto local: Barco “Lo Peix”. Es un excelente barco tradicional de madera que realiza circuitos ecoturísticos por la región. Pertenece a un barcelónés afincado en Manaus desde el año 2005 llamado Jordi (conocido como Miguel). Jordi puede organizar todo tipo de viajes o expediciones para particulares y agencias a lo largo del Río Negro. No hay error con él.
Website: www.lopeix.com | Email: lopeix69@yahoo.es | Tel: +(55) 92 9 8182 4793 (Whatsapp)

Libro recomendado: Senderos de libertad de Javier Moro. Edit. Seix Barral.

 


Vaanui
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